23 de julio de 2010

Destino: Marruecos

Apenas acabamos de volver de uno de los viajes más impactantes que hemos hecho hasta el momento. Quería compartir con vosotros algo que he aprendido allí, perdida en el Alto Atlas, y es que más del 75% de la población de Marruecos es berebere.

Antes, cuando escuchaba la palabra “berebere” se me venía a la cabeza lo que hoy conocemos como “nómada” o “Tuareg”. Tampoco sabía a ciencia cierta la diferencia entre un árabe y un berebere marroquís, ni mucho menos que estos últimos luchan todavía por sus derechos, por poder hablar dignamente su lengua sin avergonzarse de ella.

Una vez sales de las grandes ciudades -en nuestro caso, de Marrakech-, empiezas a descubrir a la verdadera Marruecos, escondida tras pequeñas aldeas de barro, kasbahs olvidadas y curvas asesinas que se adentran en el puerto Tizi-N’Tichka a más de 2000 metros de altura. Ahí es donde conoces a su gente, que mira recelosa al enésimo 4x4 que pasa esa mañana frente a su casa, haciendo temblar las ventanas y que seguramente se dirige -como todos- hacia Merzouga. Esa gente, sin embargo, es más amable que cualquier occidental y uno lo nota todavía más a medida que se acerca al desierto del Erg Chebbi.

No voy a generalizar, porque cientos de muchachas con las que nos cruzamos por estos pueblos pertenecían a familias afincadas en Francia y Holanda y seguramente sus padres disfrutan de rentas más altas de lo que me puedo imaginar, pero sí es cierto que el momento en el que te adentras en lo más profundo del Dadés o del Draa y ves a los nómadas de las cuevas pastar sus ovejas, solos, te das cuenta de que todavía es posible vivir con lo mínimo y en medio de la nada. Allí sí. Ellos viven en cuevas, en haimas, alejados de un mundo al que no quieren pertenecer.

En realidad soy consciente de que no puedo expresaros lo que quiero, porque tenéis que vivirlo. En próximas actualizaciones intentaré ir subiendo mi diario de viajes para que quizá así podáis comprender qué se siente al pasar por esos lugares, al bailar junto a los bereberes frente a las dunas; al escuchar a los negros de Khamlia cortejar a sus mujeres desde lo alto de un Land Rover; al adentrarse en el mercadillo de Rissani siendo el único occidental en kilómetros a la redonda; al ver el amanecer desde el desierto del Erg Chebbi…

Desde luego, Marruecos es otro mundo.

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