1 de junio de 2010

Laberintos

Siempre me han llamado la atención los laberintos y los espejos (sobre todo cuando pones uno delante de otro y la imagen se multiplica hasta el infinito). Los laberintos me parecen la representación alegórica de la vida, siempre llena de elecciones que nos llevan a más elecciones, de curvas y cul-de-sacs y maravillas al otro lado.
Mi padre me llevó a los 9 años al Parque del Laberinto de Horta, en Barcelona. Me soltó allí una mañana y se marchó a las escalinatas desde donde podía ver mis pasos. Recuerdo que el laberinto estaba vacío -o al menos yo simulaba estar sola-; cada vez que me encontraba ante una encrucijada me preguntaba si mi elección era la correcta, si no estaba perdiendo la oportunidad de conocer lo que me ofrecían el resto de caminos. Dejé que mis manos fueran rozando los altos cipreses, la muralla verde que me separaba del resto del mundo.
Y entonces llegué al centro y Eros me recibió en sus no-brazos aunque yo no supiera quién era Eros y las estatuas me dieran miedo por culpa de los libros de Ruiz Zafón. Me quedé mirándolo e imaginé cómo sería estar siempre allí, en medio de aquel laberinto, sin poder salir nunca de ese círculo gris. Pensé en Medusa y en el Minotauro aunque lo único que sabía de ellos era el resumen para niños que nos mandaban leer en la escuela y empecé a notar los latidos muy cerca de las orejas, como si el corazón me pidiera a gritos que saliera de allí, no fuera que yo también me convirtiera en piedra o me devoraran. Y busqué desesperada la salida, inventándome el miedo que no sentía para hacer más amena la aventura, mirado hacia atrás de vez en cuando por si veía asomar los largos cuernos del monstruo, como si de pronto yo fuera Teseo, aunque no recordara su nombre y no supiera que a las puertas de ese mismo laberinto había un relieve con su cara y la de Ariadna y una inscripción que rezaba:
Entra, saldrás sin rodeo,
el laberinto es sencillo,
no es menester el ovillo
que dio Ariadna a Teseo.


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