1 de mayo de 2010

Existencialismo

Siempre me ha parecido toda una proeza que alguien intente ser filósofo.
Tarde o temprano se topa con la idea del bien y del mal como núcleo de la existencia y es entonces cuando yo lo admiro, admiro al que quiera y pueda enfrentarse a algo tan inmenso, yo prefiero quedarme con sus migajas, oler si acaso desde lejos aquello que se ha sacado en claro (o en oscuro...).

Después de leer algunas ideas de Sartre no puedo menos que volver a plantearme cuestiones a las que jamás espero encontrar respuesta. Si la existencia precede a la esencia, nosotros somos dueños de nuestros actos y de nuestra moral; es decir, no hay excusa que valga cuando hemos tomado decisiones que luego consideramos erróneas. No hay nada que se interponga entre nuestra elección y nosotros mismos: ni sentimientos ni personas, porque los primeros los permitimos y los segundos los elegimos en consecuencia a la respuesta que esperamos que nos den, es decir, todo el peso recae sobre nosotros.

El caso es que yo siento que nadie me ha impuesto una moral, he sido yo la que he decidido qué moral es la correcta, la he elegido a través de mis actos. Y es por eso que cada dos por tres me echo las manos a la cabeza cuando veo que otra persona conduce su moral quizá por el lado opuesto al mío, porque nuestra elección no nos afecta solo a nosotros, sino a la idea que tenemos sobre cómo debería actuar el resto de la Humanidad.


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